Los días siguientes trajeron un cambio que Lila nunca se atrevió a imaginar. Lo que empezó como un gesto de fe de la madre de Lucas se convirtió en una pequeña corriente de esperanza que recorrió los pasillos del hospital de la manada.
Cada mañana, cuando abría las puertas del consultorio, ya había alguien esperando. Primero fueron los más desesperados: un joven beta cuya fiebre nocturna no cedía, luego llegaron más. Madres, guerreros, hombres que empezaban a sentir los primeros síntomas de l