Alfonso apenas cruzó el pasillo que conducía a las afueras de la mansión cuando se detuvo en seco. Lo que veía frente a él era un caos que apenas podía creer. Nunca antes en su manada hubo desmanes, ni siquiera un desacuerdo en su contra. Pero lo que estaba pasando ahora era físico vandalismo.
Resopló con fuerza y avanzó. El corazón le latía violento. Aunque era fuerte, firme. Jamás pensaría en alzarse en contra de los mismos miembros de su manada.
—¡Beta Drago! —llamó.
El hombre corrió hacia é