Faltó muy poco para que las garras afiladas de Daniel desgarraran el rostro de Lila. De no haber sido por Alfonso, quien en un movimiento rápido y certero se interpuso, el ataque habría sido fatal.
Daniel se quedó con la mano suspendida en el aire, temblando de rabia.
—¡Tú la mataste! —rugió—. ¡Mataste a mi madre, maldita asesina! Eso es lo que has venido a hacer: acabar con los nuestros.
Lila escuchó las palabras cargadas de dolor del muchacho y solo pudo negar con la cabeza, confundida. Ella