Elena leyó el mensaje de Marina tres veces.
La curadora reconoce tu apellido de casada.
Dice que conoce muy bien a Daniel Castillo.
Necesitamos hablar.
El lienzo seguía húmedo frente a ella.
La niña con la luz.
La casa abierta en dos.
Y, de pronto, hasta su pintura parecía perseguida por el nombre de su esposo.
—¿Qué pasa? —preguntó Lucía.
Elena levantó el teléfono.
No habló enseguida.
No porque no supiera qué decir.
Sino porque estaba cansada de descubrir nuevas habitaciones dentr