—¿Mami?
La voz de Sofía llegó otra vez desde el segundo piso.
Pequeña.
Somnolienta.
Asustada.
Elena subió las escaleras con el corazón todavía latiéndole en los oídos.
La casa se sentía distinta ya.
Más grande.
Más fría.
Más vacía.
Como si la salida de Daniel hubiera dejado un hueco físico entre las paredes.
Sofía estaba incorporada en la cama cuando Elena entró.
El conejo de peluche apretado contra el pecho.
Los ojos pesados por la fiebre y el llanto, pero demasiado abiertos para la hora que e