—¿Qué haces despierta, Elena?
La voz de Daniel sonó desde la puerta del estudio.
Baja.
Controlada.
Demasiado tranquila para la hora que era.
Elena levantó la cabeza con el acta de nacimiento aún abierta en la pantalla.
Por un segundo, el mundo se detuvo.
Su corazón dio un golpe seco.
Luego otro.
Y otro.
No tuvo tiempo de cerrar nada.
No tuvo tiempo de pensar.
Solo de respirar.
Una vez.
Lo suficiente para no desmoronarse frente a él.
—No podía dormir —dijo.
Su voz salió más firme de lo que se se