Elena salió de la escuela con las piernas firmes y el estómago vacío.
No porque se sintiera mejor.
Porque todavía no se permitía desarmarse.
Rodrigo caminó a su lado hasta el coche sin hablar.
A veces el silencio correcto pesa menos que cualquier consejo.
Cuando por fin llegaron, él se apoyó un segundo en la puerta del copiloto.
—Lo manejaste bien.
Elena soltó aire por la nariz.
—Lo manejé sin caerme.
—Hoy eso cuenta como bien.
Ella casi sonrió.
Casi.
De camino a casa de Lucía, la ciudad ya est