A las ocho y catorce de la mañana, sonó un número que Elena no veía en la pantalla desde hacía casi seis años.
Tía Mercedes.
El nombre la dejó inmóvil en la cocina.
Lucía estaba sirviendo café.
Sofía seguía dormida en la fortaleza de cojines del salón, con el gato instalado como rey perezoso en una esquina.
Y, aun así, de pronto Elena sintió que todo el aire de la casa se movía.
—¿No vas a contestar? —preguntó Lucía.
Elena miró la pantalla una vez más.
Su tía materna no llamaba por nostalgia.
N