El amanecer en la mansión llegó con una luz pálida y fría, pero no era el frío de la noche lo que me mantenía despierto. Era el peso de una decisión que había estado postergando durante demasiado tiempo. Desde que Verónica había entrado a mi estudio y me había mentido, desde que la noche anterior había compartido el recuerdo de Arturo con ella, algo en mi interior se había desplazado. Ya no podía seguir guardando silencio. Ya no podía seguir protegiéndola de una verdad que merecía conocer.
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