La mansión estaba en silencio cuando Rocco cerró la carpeta y la guardó en el cajón de su escritorio. Pero sus ojos, esos ojos grises que siempre parecían ver más allá de lo evidente, se detuvieron en mí con una intensidad que me cortó la respiración. No era la mirada de un tutor revisando a su pupila. Era la mirada de un hombre que había decidido bajar la guardia.
—El USB —dijo, extendiendo la mano hacia un pequeño dispositivo metálico que descansaba sobre la mesa—. Hace semanas que lo tengo.