Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl tiempo pareció detenerse en la habitación.
Los ojos oscuros de Rocco Altamirano estaban fijos en la esquina del sobre médico que sobresalía de manera evidente por debajo del colchón. Sentí que el piso se abría bajo mis pies, la respiración se me cortó por completo y el pulso me martilleó las sienes con una violencia ensordecedora.
Si Rocco estiraba la mano un centímetro más y tomaba ese papel, leería la palabra POSITIVO junto al conteo de seis semanas de gestación. Sabría que la noche de la mascarada en los viñedos de no había sido un encuentro con un desconocido, sino conmigo. Y lo peor de todo, sabría que llevaba a su hijo en el vientre. La mano grande y curtida de Rocco comenzó a descender hacia el borde de la cama, impulsada por su implacable instinto de control. Comprendí, en una fracción de segundo, que ninguna mentira verbal me salvaría esta vez.
Necesitaba una distracción física masiva, inmediata y creíble. Aprovechando el mareo real que el pánico y las náuseas me estaban provocando, cerré los ojos, aflojé las piernas por completo y dejé que mi cuerpo se desplomara hacia adelante, directo hacia los brazos de mi tutor.
—¡Rocco...! —alcancé a susurrar en un hilo de voz antes de fingir que perdía la conciencia. El reflejo del magnate fue instantáneo, olvidándose por completo del misterioso papel bajo la cama, Rocco se movió con una agilidad audaz y extendió sus brazos de acero para atraparme antes de que mi cuerpo impactara contra el suelo de mármol. Me sostuvo contra su firme pecho, rodeando mi cintura con una fuerza imprevista que me hizo estremecer en secreto.
—¿Verónica? ¡Verónica, mírame! —la voz de Rocco, usualmente fría y calculadora, se tiñó de una urgencia salvaje, casi desesperada. Él me levantó con asombrosa facilidad, como si no pesara nada, y me recostó con delicadeza sobre las sábanas de la cama. Me obligue a mantener los ojos cerrados, la respiración pausada y los músculos completamente relajados, aunque por dentro mi corazón parecía una bomba de tiempo. Podía sentir la cercanía abrumadora de Rocco, su aliento cálido golpeaba mi mejilla mientras él se inclinaba sobre mí, dándome palmaditas suaves en el rostro con sus dedos ásperos.
—Por favor, Verónica, responde —gruñó él, y por primera vez, percibí un quiebre genuino en su fachada de roca. El penetrante aroma a sándalo y tabaco de lujo de mi tutor me inundó por completo, desatando una batalla interna entre el miedo a ser descubierta y una extraña y prohibida electricidad que recorrió mi piel.
Rocco se alejó un momento para correr al baño. Al escuchar sus pasos distanciarse, abrí los ojos un milímetro. Con una rapidez desesperada, estiré el brazo, tomé el sobre azul del laboratorio que sobresalía del colchón y lo deslice debajo de mi propio cuerpo, ocultándolo por completo con mi peso. Volví a cerrar los ojos justo cuando Rocco regresaba con una toalla empapada en agua helada.
El contacto de la tela fría contra mi frente me hizo fingir un sobresalto, abrí los ojos lentamente, parpadeando varias veces para simular desorientación, y me topé directamente con la mirada grisácea y atormentada de Rocco, quien estaba arrodillado junto al colchón, observándome con una intensidad que me dejó sin aliento.
—¿Qué... qué pasó? —susurré, frotándome las sienes con una mano, tratando de sonar débil.
—Te desmayaste, testaruda —respondió Rocco, recuperando de inmediato su tono severo y autoritario, aunque no se apartó de mi lado—. Te lo advertí hace un momento. Estás pálida como la cera y tu cuerpo está colapsando. No me importa lo que digas, mañana a primera hora vendrá el médico de la corporación a hacerte un examen de sangre completo. El pánico volvió a golpearme como un mazo.
¡Un examen de sangre! Si el médico de la firma la analizaba, el diagnóstico de embarazo saltaría de inmediato a las manos de Rocco. Tenía que detener esa orden corporativa a como diera lugar.
—¡Dije que no! — me incorporé bruscamente en la cama, empujando la toalla húmeda lejos de mi. La altanería y la furia regresaron a mis ojos, usándolas como mi mejor escudo.
—No vas a traer a ninguno de tus médicos corruptos a revisarme. No confío en ti, Rocco, y mucho menos en la gente que trabaja para ti. Mi padre acaba de morir, tengo el estómago destrozado por el dolor y la migraña me está matando. Eso es todo lo que tengo. Si intentas obligarme a ver a un doctor, juro que llamaré a la prensa y les diré que me tienes secuestrada en tu mansión bajo chantaje legal.
Rocco se puso en pie lentamente, expandiendo su imponente figura. Sus ojos oscuros se entrecerraron con una frialdad peligrosa, clavándose en mi como dos puñales.
—¿Me estás amenazando en mi propia casa, Verónica? —su voz bajó a un susurro denso que prometía consecuencias brutales—. Te recuerdo que firmaste un contrato. Si causas un escándalo mediático que afecte las acciones de la firma, perderás la herencia de tu padre en ese mismo instante. Yo tengo el control absoluto de tu destino durante los próximos dos años.
—Y yo soy la dueña del apellido que construyó tu imperio, Altamirano —replique, sosteniéndole la mirada con una audacia que hizo que a Rocco se le tensara la mandíbula—. No voy a dejar que me trates como a una enferma o como a una prisionera. Déjame en paz. Mañana estaré abajo a las ocho en punto para tu estúpido desayuno, pero ahora sal de mi cuarto. Se produjo un silencio asfixiante.
La distancia entre el odio mutuo y la innegable atracción física que vibraba entre ambos se redujo a nada. Rocco dio un paso hacia el borde de la cama, inclinándose hacia adelante de tal forma que pude ver el latido acelerado de la vena en su cuello. Su mirada descendió por un segundo hacia mis labios, desatando una tensión sexual tan sofocante que el aire pareció desaparecer de la habitación.
—Tienes hasta mañana a las ocho, Verónica —sentenció él con una voz ronca y posesiva—. Pero no vuelvas a gritarme en esta casa. A partir de hoy, aprenderás a respetarme, quieras o no. Rocco se giró con un movimiento imperioso y avanzó hacia la salida.
Esta vez, cruzó el umbral sin detenerse y cerró la pesada puerta de madera detrás de sí con un golpe seco que retumbó en las paredes. Esperé varios minutos, conteniendo el aliento, hasta que escuché los pasos pesados de mi tutor alejarse por completo por el pasillo este. Solo entonces, dejé caer los hombros y solté un sollozo ahogado que había estado reteniendo en el pecho.
Me moví hacia un lado, extraje el sobre estrujado del laboratorio de debajo de mi cuerpo y lo apreté contra mi pecho con desesperación. Estaba a salvo por ahora, pero la soga se estaba apretando alrededor de mi cuello. Me levanté de la cama con cuidado, caminé hacia el gran ventanal de la habitación y observé la noche oscura que cubría la mansión.
Llevaba apenas unas horas en mi prisión y ya había estado a punto de perderlo todo. Mi mente comenzó a maquinar un plan a toda velocidad, necesitaba encontrar la forma de burlar la vigilancia de Rocco, conseguir dinero en efectivo que él no pudiera rastrear a través de sus cuentas controladas y visitar a un obstetra privado bajo un nombre falso.
Tenía que proteger el secreto de mi vientre a cualquier precio antes de que los dos años de la tutela destruyeran mi vida. De repente, el silencio de la noche fue interrumpido por un sonido tenue pero constante que provenía del piso inferior de la mansión, agudicé el oído. Era el sonido de la puerta del estudio de Rocco abriéndose, seguido de murmullos de voces masculinas de tono muy bajo.







