Amanecí en la mansión con la sensación de que el mundo se había vuelto un lugar extraño. La luz del sol se filtraba a través de las cortinas de mi habitación, pintando rayas doradas sobre el suelo de mármol. El aroma a madera y a café recién molido se colaba desde el pasillo, pero ni siquiera ese olor familiar lograba calmar el nudo que se había instalado en mi pecho desde la noche anterior.
La noche en que Rocco notó mi gesto. El movimiento instintivo de mi mano hacia la sien, el mismo que sol