La mansión seguía sumergida en el silencio cuando Rocco regresó de su investigación. El reloj del vestíbulo marcaba las once y veinte, y la luz de la luna se filtraba a través de los vitrales, proyectando sombras alargadas sobre el suelo de mármol. Yo seguía sentada en el borde de la escalera, con las manos entrelazadas sobre las rodillas y el corazón latiendo con una inquietud que no lograba disipar.
Cuando la puerta principal se abrió, el eco de sus pasos resonó en el vestíbulo como un latido