La mañana en la mansión amaneció envuelta en un silencio denso, como si el edificio mismo estuviera conteniendo la respiración. Me desperté con la sensación de que algo no estaba bien. No era el rumor del viento contra los cristales, ni el crujido de la madera vieja. Era la ausencia de un sonido que, sin darme cuenta, se había vuelto familiar, el paso firme de Rocco en el pasillo.
Me levanté y me vestí con la misma ropa del día. Bajé las escaleras con cautela, esperando encontrar el aroma del c