El coche blindado se deslizaba por las calles de la ciudad mientras el atardecer teñía el cielo de tonos naranjas y púrpuras. Atrás quedaba la Torre Fénix, el caos de la junta, el rostro pálido de Beltrán siendo escoltado por los oficiales. El imperio estaba a salvo, pero yo sentía que algo dentro de mí seguía temblando.
Rocco conducía en silencio, con las manos firmes sobre el volante. Su mandíbula estaba menos tensa que antes, y por primera vez en días, vi un atisbo de relajación en sus hombr