La sala de juntas del Grupo Fénix nunca me había parecido tan pequeña como esa mañana, con los catorce miembros del consejo ya sentados alrededor de la mesa ovalada cuando Rocco y yo entramos, un minuto antes de la hora convocada. El murmullo de conversaciones cruzadas se apagó casi de inmediato, reemplazado por esa clase de silencio expectante que solía anteceder a las malas noticias.
Habíamos pasado la noche anterior preparando cada detalle, quién hablaría primero, qué documentos proyectaríam