Al entrar en su casa, Dmitry cierra la puerta con un gesto seco, dejando atrás el peso del día. A esa hora, los últimos rayos del sol se filtran por el ventanal principal llenando la estancia de una tibieza etérea. La soledad de la estancia le envuelve como un manto reconfortante mientras afloja la corbata que le aprieta el cuello. El silencio del lugar solo es interrumpido por el leve eco de sus pasos sobre el suelo de madera. Al dejarse caer en el sofá, un suspiro profundo escapa de sus labio