Sentada en la silla voladora que se encuentra ubicada en el porche posterior de la casa, Anastasia está cubriéndose del frío, envuelta en una gruesa manta mientras observa las luces que dibujan la imagen de la Romanovskaya a la distancia. A diferencia de los pasados cinco meses, donde se sintió distante y perdida en todo lo que fue tomar decisiones sobre como actuaría en el camino de regreso a su hogar, o en los últimos dos meses donde estuvo, al igual que ahora, contemplando su casa maternal a