Askeladd salió de la alcoba de Azucena con la furia ardiéndole en las venas. Sus pasos impactaban con violencia contra el suelo y cada zancada era más fuerte que la anterior, mientras sus puños cerrados temblaban de pura rabia. Su torso subía y descendía con vehemencia y sus ojos encendidos parecían buscar un blanco sobre el cual descargar toda su ira.
—¡Loba Roja! —rugió, en lo que su voz empezó a retumbar los pasillos—. ¡Loba roja! ¿Dónde demonios estás? ¡Muéstrate ahora!
Los criados que se c