Debí imaginar su respuesta, no había conocido a nadie además de Manfrid, tan narciso, con Wagner, son dos.
—Admite que te encantó, Meyer
—Ni de broma, no puedes saber eso, tú eras quien gemía.
—¿No lo puedo saber? Lo supe cuando dejaste que chupara tu lengua—me remuevo incomodo ante su desfachatez—y tu erección que debió ser muy incómoda, con lo ajustado de tus jeans—touche, ahora la odio más, sus palabras son ciertas, mas, ni al borde de la muerte admitiría tal cosa.
—Lo único que sé, es que