Emma, consumida por la ira y los celos, planeaba meticulosamente cada paso de su venganza contra Olegda. Decidió visitar el spa donde sabía que Olegda solía recibir masajes relajantes. Allí, mientras esperaba su turno, observaba con odio cómo Olegda disfrutaba de los tratamientos. Cada vez que veía su rostro sereno y relajado, sentía que su ira aumentaba. Se imaginaba a sí misma como la causante de su sufrimiento, disfrutando de esa imagen en su mente enferma.
Cuando finalmente llegó su turno,