No pude procesar lo que estaba ocurriendo hasta que el vestido abandonó mi cuerpo, convertido en jirones.
Mis manos fueron a mis tetas, cubriéndome. Pero él las apartó con una firmeza que no admitía réplica.
—No te escondas de mí —ordenó, su voz grave y severa—. Nunca.
Sus dedos recorrieron mi piel con una lentitud deliberada. Comenzando por mis hombros, descendiendo por mis brazos, buscando moretones, heridas, cualquier marca que otros hubieran dejado en mí. Cada caricia era firme, posesi