••Narra Maximilian••
El torso me ardía, las heridas palpitando. Podía sentir como mis venas se iban vaciando, la sangre corriendo por mi cuerpo, caliente, espesa. Pero no era mi sangre lo que me preocupaba, sino la de ella. Tenía su sangre en mis manos, en mi camisa, en mis pantalones.
—¡¿Está viva?! ¡Respóndeme, maldita sea! —Le grité al desconocido que tenía un martillo en mano, con el cual se dedicó a golpearme—. ¡Pietro! ¡Pietro! —grité con todas mis fuerzas, esperando que se atreviera a d