El viaje en coche fue silencioso y asfixiante. Podía sentir la tensión, la rabia y el miedo condensando el aire que respirábamos. De vez en cuando, su mano viajaba hacía la mía, como en los viejos tiempos, pero rápidamente se daba cuenta de su error y volvía a quitarla.
Una vez que llegamos al edificio, el portero abrió la puerta de mi lado, pero Maximilian lo despidió rápidamente. Enseguida me di cuenta que mi silla había sido dejada en medio de la calle, como una baratija. Era la segunda v