Maximilian me llevó en brazos hasta el comedor. La mesa estaba elegantemente puesta, con platos de porcelana blanca, cubiertos de plata y una variedad de alimentos que harían salivar a cualquier persona. Incluso a mí, cuyo estómago amenazaba con gruñir, pero me resistí.
No podía demostrarle que me estaba muriendo de hambre. Eso sería ceder ante el enemigo.
Me depositó en una silla junto a la cabecera de la mesa, con sumó cuidado. Luego, se sentó a mi lado, tan cerca que podía sentir el calo