El reloj de pared en la habitación de la clínica marcaba las tres de la mañana, el momento exacto en que la vigilancia biométrica de Alejandro de la Cruz solía entrar en su ciclo de reinicio automático.
Valeria Miller no había dormido; había pasado las últimas cuatro horas memorizando el patrón de las patrullas de seguridad y fortaleciendo sus piernas mediante ejercicios isométricos que hacían temblar sus músculos.
El mensaje de su madre, oculto bajo la almohada, palpitaba en su mente como un