El eco de las palabras del enviado del Velo rebotaba en las paredes de piedra de la Ciudadela como una maldición física. Damián seguía de rodillas, con los dedos enterrados en las grietas del suelo, mientras ese líquido plateado brotaba de su nuca, drenando no solo su sangre, sino la esencia misma de su fuego. La marca de la balanza brillaba con una luz estéril, una justicia fría que no entendía de la lascivia de nuestras pieles ni del sacrificio de nuestras almas.
—¡Déjalo! —grité de nuevo,