El resplandor carmesí en mi pecho no era solo una señal, era un latido furioso que devoraba la poca paz que nos quedaba. Me separé de Damián lo justo para mirarlo, ignorando el viento que azotaba los restos de mi túnica. El valle del Glaciar Eterno se extendía bajo nosotros como una herida abierta, y el humo negro que ascendía desde la Ciudadela marcaba el inicio de mi verdadera ascensión. Silas estaba vivo, el Consejo nos había declarado proscritos y el peso de la Corona de Cenizas finalmente