capitulo 32

La oscuridad de mis aposentos no lograba silenciar el caos que rugía en mi sangre. Me despojé de los restos de la túnica de seda, dejando que la tela rasgada resbalara por mis caderas hasta amontonarse en el suelo como un recordatorio de la fragilidad que acababa de mostrar en las mazmorras. Estaba desnuda frente al espejo, bañada únicamente por la luz plateada que mis propias runas emitían, una luminiscencia que parecía latir al ritmo de un corazón que ya no me pertenecía del todo.

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