118. ¡ALÁN ES MÍO!

David se pasó una mano por el cabello. Tenía esa expresión que siempre ponía cuando estaba a punto de explotar: las cejas fruncidas, la mandíbula tensada y una mirada que se dividía entre incredulidad y frustración.  

—Los seguros de vida de nuestros padres, más el del auto, son millonarios, hermano —le confesé, mostrando la prueba—. Nunca quise utilizarlos porque sentía que estaba lucrando con s
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