102. LA VISITA AL HOSPITAL

Me agacho delante de él y, al sentirme, se endereza, quitando sus manos del rostro muy rojo. Sus ojos le brillan, y puedo ver una gran tristeza y culpa en ellos al mirarme. No me dice nada, solamente me mira. No sé por qué, pero lo abracé con fuerza; él me devolvió el abrazo también, mientras me besaba la cabeza.

—¡Perdóname, Clío! —dijo ahora llorando a mares, sin vergüenza delante de mí—.
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