Un caballo moteado sacó la cabeza por el entablado. Ella lo acarició suavemente mientras seguía llorando; estar ahí la hizo recordar a su yegua y al potrillo que murió junto a ella. El caballo intentó lamer su cara; ella retrocedió y cayó al piso, llenando de agua y lodo sus pantalones. Sentada en el piso, unió sus rodillas y colocó su cabeza sobre ellas. No podía parar de llorar a pesar de sus intenciones de autosanar; seguía con aquellas profundas heridas que la hacían flaquear. Cuando ya creía que iba a mejorar, recaía.
—No creo que pueda aguantar —dijo, mirando los grandes ojos cafés del caballo, que la observaban y parecía entender lo sola que estaba.
—¿También estás triste? Dime tú, encerrado entre esas tablas, y yo, encerrada en esta vida que se ha ensañado conmigo. Si sabes algo, dime qué hice en esta o en otra vida para vivir lo que vivo. —El caballo agachó la cabeza y ella extendió su mano para tocar la cara del caballo, que también lloraba al verla.
De entre el pastizal, un