Un caballo moteado sacó la cabeza por el entablado. Ella lo acarició suavemente mientras seguía llorando; estar ahí la hizo recordar a su yegua y al potrillo que murió junto a ella. El caballo intentó lamer su cara; ella retrocedió y cayó al piso, llenando de agua y lodo sus pantalones. Sentada en el piso, unió sus rodillas y colocó su cabeza sobre ellas. No podía parar de llorar a pesar de sus intenciones de autosanar; seguía con aquellas profundas heridas que la hacían flaquear. Cuando ya cre