No voy a salir así.
Luego de un largo recorrido, llegaron al patio de una pequeña casa en medio de una plantación de aguacates, mangos y naranjos.
Desmontaron del caballo. David le quitó las riendas y lo dejó suelto. Soledad miró todo en silencio; muchas ideas y preguntas se amontonaban en su cabeza, generando un punzante dolor. David la agarró de la mano y, sin dar explicaciones, la llevó por un sendero cubierto de hojas hasta el cauce de un río. Las cristalinas aguas chocaban con las piedras, generando un sonido armónico y relajante. Soledad se quedó extasiada ante la belleza del lugar, sintió una paz que creía olvidada. De repente, la mano firme de David la agarró con más fuerza; ella quiso zafarse de su agarre, pero los fuertes brazos de David se aferraron a ella y la arrastraron hasta ponerla en la mitad del río. El agua helada la dejó sin respiración.
—¿Acaso me quieres matar? —preguntó después de reponerse. Los puños cerrados, la mirada desafiante, las protestas, nada conseguía que David se abland