El alegre canto de las aves dió inicio a un nuevo día. En la hacienda, todo seguía según su monótono ritmo: Andrea preparaba el desayuno y los trabajadores alistaban las semillas de la siembra. Soledad se levantó ojerosa, buscó en los cajones y encontró un termo deportivo y un par de zapatos negros. Luego de lavarse la cara, los dientes y cambiarse de ropa, fue a la cocina y saludó a Andrea, que se disponía a servir el desayuno a dos peones.
—Buenos días, señora. ¿Qué va a desayunar hoy? —pregu