El fiscal Franco Hernández solicitó una orden de detención para Raúl Sampedro. Él, sabiendo los muchos años que le esperaban, huyó al único lugar donde nadie buscaría: la pequeña casa olvidada lejos de la ciudad, herencia de su abuela paterna.
Tomó dinero en efectivo que guardaba y salió por la puerta trasera. El viento chocó en su cara. Se fue a toda prisa a la parada del autobús. En un basurero cercano arrojó su celular, sus credenciales y se fue como un forastero sin nombre ni domicilio.
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