El fiscal Franco Hernández solicitó una orden de detención para Raúl Sampedro. Él, sabiendo los muchos años que le esperaban, huyó al único lugar donde nadie buscaría: la pequeña casa olvidada lejos de la ciudad, herencia de su abuela paterna.
Tomó dinero en efectivo que guardaba y salió por la puerta trasera. El viento chocó en su cara. Se fue a toda prisa a la parada del autobús. En un basurero cercano arrojó su celular, sus credenciales y se fue como un forastero sin nombre ni domicilio.
Luego de cinco horas de doloroso viaje, llegó a un pueblo. Empezó a caminar por el camino polvoriento y pedregoso; este seguía tal como lo recordaba. La vergüenza del pasado, que de joven no aceptaba, era, según su pensamiento, su último refugio posible.
Empezaba a caer la noche. A lo lejos vio la casa, corrió hasta ella y llamó a la puerta. Una mujer de mediana edad abrió.
—Buenas noches, usted debe ser Raquel, me envió aquí don Raúl.
—¿Es el nuevo mayordomo?
—Sí, efectivamente.
—Entonces me voy t