Soledad fue a darse una ducha fría, luego secó y trenzó su cabello. Gustavo después de pedir permiso entró y Soledad comentó:
—Dime, Gustavo, ¿qué haces cuando entre mares de gente buscas solo a una en especial y no la puedes ver?
Gustavo conocía esa sensación, se sentó a su lado y compartió su propia experiencia.
—Quizás cerraría los ojos para buscar con el corazón y la encontraría —respondió luego de un suspiro.
—Sé que no debería, pero me siento triste me quiero ir.
Gustavo la miró con respeto y cariño.
—Bueno, Soledad, sé que no soy lo que esperas, pero te tengo un regalo. ¿Te lo puedo dar?
Preguntó con los ojos brillantes y su sonrisa característica
—Claro —respondió.
—Cierra los ojos, por favor, y no los abras hasta que te lo diga.
Soledad cerró los ojos, esperó unos segundos y unas cálidas manos circundaron su cuello, colocando sobre él una cadena. El dije cayó hasta la unión de sus pechos. Ella lo tomó con sus manos y, al abrir los ojos, vio que era una luna