La mansión Valderrama nunca había parecido tan suntuosa. Volver a este lugar después de escapar por milagro del bosque del Pacífico se siente como entrar en un templo consagrado solo a una persona: Valentina Morales.
La gran puerta de madera de caoba tallada se abre lentamente. Valentina ya no camina con vacilación.
Está sentada en una silla de ruedas eléctrica empujada por Sebastián mismo un gesto que hace que todos los sirvientes y guardias se inclinen tan profundamente que sus frentes casi