La Mansión El Poblado bañaba esa noche sus salones en un resplandor cristalino deslumbrante. Cientos de rosas blancas la flor favorita de Carolina, ahora forzada a ser el telón de fondo de la vida de Valentina adornaban cada rincón del gran salón. La música de la orquesta fluía suavemente, tratando de cubrir el sonido de los copos de champán y las risas fingidas de la élite de Medellín, que celebraba la muerte de Ricardo y la ascensión de Sebastián como único gobernante del Grupo Valderrama.
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