La luz del alba se coló por la gran ventana del segundo piso del hospital, iluminando a Valentina, que dormía sentada junto a la cama de Miguel.
Su rostro, normalmente firme, ahora parecía frágil, con ojeras oscuras que denotaban un agotamiento extremo.
Todavía llevaba el vestido de raso color marfil de la velada anterior, ahora arrugado y impregnado del inconfundible olor del hospital.
El sonido de pasos firmes rompió el silencio del pasillo de la UCI.
Valentina se sobresaltó y despertó; su