El rugido del motor de la limusina de Sebastián sonaba como un corazón latiendo a toda prisa contra el tiempo.
Dentro de la cabina insonorizada, el oxígeno parecía haberse evaporado para Valentina. Ya no le importaba su costoso vestido de crudo, ahora arrugado por su propia agarre.
La joya de zafiros en su cuello le parecía una presión opresiva, una ironía dolorosa en un momento en que su hermano peleaba por su vida.
"Respira, Valentina", dijo Sebastián con voz baja, pero con un tono de autor