Esa mañana, la exclusiva boutique de la familia Santoro en el centro de Medellín estaba llena del aroma de lirios blancos y el perfume de miles de dólares.
La luz de los candelabros de cristal reflejaba sobre el suelo de mármol negro tan pulido que cada invitado podía ver el reflejo de su propia inquietud.
Este era el dominio de Isabella Santoro, un lugar donde se sentía una reina inquebrantable.
Valentina bajó del limusina negro con pasos que ya no mostraban dudas.
Vestía un traje de chaque