El cielo de Bogotá se tiñó esa tarde de reflejos dorados que brillaban sobre los cristales de los edificios del Grupo Valderrama, como si toda la ciudad se preparara para dar la bienvenida a su heroína.
En la pista privada del aeropuerto El Dorado, el avión que traía a Valentina tocó la pista con suavidad.
El éxito en Nueva York no fue solo una victoria profesional para ella, sino también la confirmación de que su identidad como la «médica del pueblo» había sido reconocida por el mundo entero