La primera mañana después de la transferencia de autoridad de La Bóveda no comenzó con el bullicio de la bolsa de valores, sino con una productiva calma en el despacho principal de la residencia Valderrama.
Valentina estaba de pie frente al gran ventanal de cristal, observando la llave dorada y la tarjeta biométrica que ahora descansaban sobre su escritorio.
Para ella, esos objetos no eran simplemente el acceso a billones de pesos; eran el mandato para borrar las lágrimas de los rostros que a