Nueva York recibió a Valentina con una ráfaga de viento cortante, típica del otoño. Sentada en la limusina blindada enviada por el equipo de seguridad de Sebastián, ella observaba la hilera de rascacielos de Manhattan.
Sin embargo, su mente no estaba en esos edificios, sino en el pequeño bebé y en su esposo, que se habían quedado en Bogotá.
Era la primera vez desde el nacimiento de Mateo que Valentina se encontraba realmente separada por miles de kilómetros de su «mundo».
En su oído, un peque