El olor a antiséptico y a sangre en aquella habitación pareció actuar como un veneno que despertó al monstruo que dormía en el interior de Sebastián Valderrama.
Permaneció de pie en medio del reducido espacio, apretando el pendiente de plata con tanta fuerza que los bordes afilados se clavaron en su palma.
La sangre fresca comenzó a gotear, pero él no la sintió. El dolor de cabeza había dado paso a una furia lúcida y fría: la ira de un hombre que acaba de descubrir que su mundo entero se cons