El Océano Pacífico frente a las costas de Buenaventura no mostró piedad aquella noche.
El cielo, completamente negro, parecía haberse desbordado, descargando una tormenta que cegaba la vista.
El viejo pesquero que transportaba a Valentina y Mateo era zarandeado como un simple casco de coco entre olas de tres metros de altura.
El ruido del motor, tosiendo y fallando, se mezclaba con el estruendo de los truenos que rasgaban el horizonte.
Valentina estaba acurrucada en un rincón de la bodega, e