La luz del amanecer se filtraba tímidamente por las rejillas de ventilación del edificio Los Ángeles, iluminando el rostro de Valentina, que seguía pálido pero mucho más sereno.
El suero aún goteaba en su brazo, devolviéndole la fuerza que su cuerpo necesitaba desesperadamente.
A su lado, Mateo permanecía sentado apoyado en la pared, con una pistola en el regazo: un guardaespaldas leal que no había cerrado los ojos ni por un segundo.
Valentina abrió los ojos lentamente. El dolor en su abdomen