El médico llegó exactamente a las dos de la madrugada, conduciendo un vehículo sin distintivos que había estacionado en el callejón trasero del garaje. Era un hombre de mediana edad con manos firmes y expresión que había visto demasiadas heridas de bala para hacer preguntas innecesarias.
—Doctor Reyes—, se presentó brevemente mientras Marcus lo guiaba hacia donde Laurent yacía en un sofá improvisado, su camisa empapada de sangre oscura que se había filtrado a través de los vendajes temporales—.