PRESION.
AURA.
El motor de su Mercedes se apaga con un suave suspiro, un contraste casi cómico con el rugido sordo que siento en mi pecho. Christopher aparca justo frente a mi edificio, un lugar modesto y antiguo en una zona de la ciudad que él probablemente solo pisa para dejarme. A nuestro lado, mi hermana, Lili, parece una muñeca de trapo rendida sobre el asiento del copiloto, exhausta después de mi jornada laboral y la larga espera que le impuse.
—Hemos llegado, bella durmiente —dice Christopher con