Salí de la clínica con una ecografía en blanco y negro guardada en el bolso y la cabeza dando vueltas mucho más rápido que cualquier mareo del taller.
Embarazada. A los treinta y ocho años, con un hijo a punto de irse a la universidad y otro que acababa de darnos un portazo en la cara, iba a tener otro bebé.
—Todo indica un embarazo saludable —me había dicho la doctora Ferreira, con esa calma profesional que no lograba contagiarme—, aunque por su edad vamos a hacer un seguimiento más cercano de